Dejaron su café sobre la mesa. El seguía mirando ese pequeño televisor instalado en una esquina del lugar. En la pared. Pero en realidad, tenía la mirada perdida. Era como si quisiera mandar todo a la cresta; tenía un aspecto de agotado, se notaba que ya estaba chato, que no podía estar más cagado. Yo aún no despegaba mis ojos de él, sabía que mientras lo observaba mi café seguía enfriándose. Sentía que debía acercarme, preguntarle qué le sucedia, por qué estaba así, pero no somos tan cercanos, con suerte nos saludamos en el pasillo, sólo cuando vamos solos y no hay forma de esquivarlo. Pero algo me unía a él, quizá era el hecho de haber pedido la misma orden, de estar en el mismo café sin tener a donde ir, sintiendo que realmente no hay vuelta atrás.
Tome un sorbo. Estaba frío. Lo sabía, pero igual lo bebí todo. Y quizá fue que me sentía como un cómplice de aquel café. Frío, amargo, recuperador y el que quita el sueño.
Salí de ahí, no sabía que hacer. No tenía a donde ir. Caminé unas dos cuadras. Hace frío, está rico el día, como a mi me gusta. En la esquina viene caminando la Claudia, no tengo ganas de saludarla, nada personal, sólo no tengo ganas de hablar y menos de sonreír como si realmente me importara su vida amorosa con el tal Eduardo; en realidad, no tengo ganas de saludar a nadie, así que me metí en una galería de mala muerte sin pensarlo dos veces. Repleta de vagabundos y de gallos que tocan música, no pudo ser más deprimente.
bue-ni-si-mo
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